De la chispa al humo: Reacciones del fuego

Fire in a box (2010) del fotógrafo tailandés Tanapol Kaewpring.

Contemplo en el monitor de mi laptop «Fuego en caja» del fotógrafo tailandés Tanapol Kaewpring (1980). 

Más que adorno o retrato, considero que las fotografías que conforman la colección Proyecto Caja son símbolos de meditación y cabinas de introspección. La serie consiste en cubos de cristal instalados en entornos reales. Dentro, hay furia de la naturaleza confinada, contenida sin poder expandirse. Es el caos y la belleza del orden, lo seguro por controlado, aquello que se torna en paisaje inofensivo por estar interno en una caja de vidrio: «Estas fuerzas de la naturaleza tienen la capacidad de un gran cambio, crecimiento y destrucción —dice la nota del curador de Proyecto Caja— y, sin embargo, aún pueden ser controladas por la humanidad. Incluso ellos tienen sus límites. Estos elementos combinados con su entorno representan aspectos de la libertad psicológica. Si somos capaces de pensar fuera de la caja, de romper el cristal que nos rodea, quizás podamos alcanzar la verdadera liberación y felicidad».  

Simultáneo al encuentro con Kaewpring, tuve el hallazgo de la palabra japonesa hikikomori. Significa alejarse y confinarse, refiriéndose a no salir de la habitación (en el caso de jóvenes que viven con sus padres) o de hogares verdaderamente pequeños (quienes viven solos), estando inmersos en la televisión y videojuegos. 

El psiquiatra japonés Tamaki Saito fue quien acuñó en 1998 este síndrome de aislamiento social que, para cifras de marzo del 2019, regía la vida de medio millón de personas, tan sólo en Japón. Saito explica que el hikikomori no es una enfermedad sino una situación en la que alguien no participa en actividades sociales durante un mínimo de seis meses; reconoce a los hikikomori como personas normales que se encuentran en una situación muy difícil.  

A casi cinco meses de vivir ermitaña en una situación… sí, difícil por incierta, con días en los que no tengo ganas de hablar con nadie por teléfono ni ver a nadie por Zoom, dependiente de tecnología, enganchada a alguna serie o distraída en el celular, a seis años de leer el término hikikomori por primera vez, su significado cobra sentido y me ayuda a comprender lo que en su momento no entendí. 

Cuantos, al vernos forzados a instalarnos indefinidamente dentro de una casa, sentimos la angustia del hikikomori porque, en nuestra mente —y resalto «en nuestra mente»—, la vida perdió sentido, creyendo que carecemos de valor porque dejamos de hacer o sentir lo que consideramos eje de nuestra identidad. 

Como catarinas a las que atrapó la vida bajo una capsulita de cristal, habrá que traspasar el vidrio mental que sentimos que nos limita, porque a diferencia de las cajas de Kaewpring las personas no somos herméticas al exterior. 

Somos, como esa lumbre, fuerza de la naturaleza contenida y aislada, con capacidad para decidir en el vientre de los impulsos —entre la chispa y el humo— qué ser con la combustión: si el fuego de una hoguera que alivia, cocina, alumbra y acompaña, o fuego de furia y devastación que arrasa violentamente con todo donde pasa.

9 de agosto de 2020

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