Esquinas de la vida

Lo siguiente ocurrió a finales de mayo del 2008.

Una amiga me propuso vernos para tomar algo y conversar. El punto de encuentro sería Alto Palermo, un centro comercial de Buenos Aires. Estuve de acuerdo y le pregunté específicamente en donde nos veríamos.

—En la puerta de Mac a las cuatro —me dijo.

Fui. Llegué un poco antes de las cuatro. Entré un rato a la tienda y me entretuve admirando una MacBook, la potencia sorprendente de un par de bocinas que parecen todo menos bocinas, el iPod en el que cabría la más completa y variada colección de música.

La gente y las manecillas pasaban.

Las 4:10. Me senté en unas escaleritas mirando hacia distintos puntos por donde mi amiga Abril podría aparecer: el pasillo que nace en la otra esquina, las escaleras eléctricas, la puerta.

Las 4:20. Le pregunté a un policía si esa era la única Mac o si había otra tienda en el centro comercial. Me dijo que no, que era la única.

Las 4:30. Nada. Entonces me acordé de que estaba por acabárseme el maquillaje. En alguna de mis idas al Alto Palermo vi un local pequeño donde vendían lo que necesitaba. Pensé en ir, aprovechando el tiempo… pero se me ocurrió que cabría la posibilidad de que justo en ese momento Abril llegara, y que al no encontrarme se iría pensando que nunca llegué, o que ya me había ido. Así que no fui por el maquillaje, que estaba en la otra esquina del centro comercial.

Era el tiempo del reinado del Messenger de Microsoft; no existía WhatsApp. Además, por entonces no tenía teléfono celular ni tampoco tenía anotado el número de Abril para llamarle de un teléfono público. Eran casi las cinco de la tarde y no había comido, estaba a punto del desmayo.

Movida por el hambre emprendí el regreso a mi departamento y a media travesía me acordé del maquillaje que no compré.

—Mañana regreso —pensé.

Entré a mi guarida, encendí la compu y le dejé un mensaje a Abril en el Messenger. Va textual la conversación:

Addy: Abriiiiiiiiiiiiiiiiiiil, qué ondaaaaaaa? te pasó algo???? Te estuve esperando casi hasta las cinco... ¡qué plantón! Espero que estés bien, que sólo se te haya olvidado, y no que te haya pasado algo. Quedamos pendientes para la próxima, ok?

Abril: Nena estuve yo igual alla hasta las 5.30. a donde fuiste??? alto palermo en mac di vueltas por ahi como 10 veces, por q no me marcaste al cel! dejame un tel al q te pueda localizar please

Addy: Alto Palermo en Mac, exactamente. Estuve desde diez para las 4 hasta casi las 5. No te vi para nada

Abril: loca no puede ser te juro por mi madre q fui, es mas estaban maquillando a una niña

Addy: pues no te vi estaba ahí sentada junto al modulo de la Universidad de Palermo en las escaleras

Abril: en mac, y cerca estaban unas promotoras de no se q encuesta y a fuera estaba una promo de seven up

Addy: Mmm yo estaba adentro...

Abril: yo igual

Addy: Mmm entrada de Mac?

Abril: me senté un rato en havanna

Addy: las computadoras?

Abril: q esta a lado de mac

Addy: qué havanna?

Abril: el cafe

Addy: cuantas entradas de mac hay??

Abril: hay varias?

Addy: pues no sé, solo una, la que está por coroNel Díaz y berruti

Abril: mmm por lacostte

Addy: Mmmm...

Abril: a lado de las escaleras electricas

Addy: si

Abril: no puede ser

Addy: pero no recuerdo ningún Havanna hay un módulo de la Universidad de Palermo hay una tienda Kodak ahi estaba yo

Abril: es mas a una niña le grite pensando q eras tu

Addy: jajajaj yo pensé que todas eras tú!

Todo fue un misterio.

Las dos decíamos que fuimos pero no nos vimos. Pensé que habríamos tenido destiempo y que en una jugarreta del destino no nos habíamos encontrado.

Quizá mientras yo estaba dentro de Mac ella estaba en las escaleras en un ángulo desde el cual no podía verla. Pensé en el café Havanna, ¿dónde estaría que no lo vi? Jamás vi a la chica que se estaba maquillando dentro de Mac, habrá sido un retoque virtual en photoshop y Abril en un acto de curiosidad que yo no tuve metió los ojos a la compu para ver cómo y qué le hacían. Las únicas promotoras que vi son las que estaban en el stand de la Universidad de Palermo. Y las escaleras eléctricas, ¿cómo fue posible que yo no la viera si yo también estaba junto a ellas? ¿sería que Abril estaba de un lado y yo del otro?

Todo era posible.

Un par de días después volví al Alto Palermo a comprar el maquillaje. Entré por la puerta principal, es decir, no por aquella de la esquina de Mac. Cuando estuve frente a la tienda me di cuenta de que de lado derecho había un Havanna… y que al izquierdo estaba Lacoste y las escaleras eléctricas… y cual sería mi sorpresa al ver que el nombre de la tienda —del que jamás me había fijado— donde vendían el maquillaje era Mac.

Empecé a reírme yo sola ahí parada, claro está.

Abril sí estuvo en el lugar donde me dijo que estaría y yo estaba también en el que dije. En el que entendí. En el que interpreté. Ella tenía razón como yo también la tenía. Ninguna de las dos tuvo la culpa del desencuentro. Ambas cumplimos. Ambas estuvimos puntuales para encontrarnos. Ambas estuvimos esperándonos. Simplemente ella estaba en una esquina y yo en otra.

Y entendí que así también la vida tiene sus esquinas.

Cuántas veces no ponemos nuestra mejor voluntad, todo nuestro corazón, todas nuestras ganas en algo y sentimos que la otra persona no nos corresponde, sin darnos cuenta de que esa otra persona —que también ha puesto su mejor voluntad, todo su corazón y todas sus ganas— actúa en justa correspondencia. Simplemente está en otra esquina de la vida, una que nosotras no conocemos o no entendemos porque estamos en un ángulo distinto, en el ángulo opuesto, aun cuando estamos en el que para nosotros es el correcto.

Después de esa tarde de mayo, así lo entiendo. O, al menos, así lo interpreto.

Si hubiera ido ese miércoles último de mayo a comprar las sombras, seguramente me hubiera encontrado a Abril; si Abril hubiera avanzado un poco más allá del Havanna, seguramente me hubiera encontrado. Pero a ninguna de las dos se nos ocurrió salir a buscarnos puesto que ambas pensábamos que estábamos en el lugar adecuado.

Y así era.

Cada quien estaba en su verdad.

Su postura ante la vida la llevó a Mac, a la tienda de maquillaje.

Mi postura ante la vida me llevó a Mac, a la tienda de tecnología.

No hay culpables.

Como tampoco hubo culpables, cuando mi tío José Luis me pidió que lo llevara a la revisión médica que anualmente tenía que hacerse como piloto de Mexicana de Aviación. Aprovecharía sus días de descanso en Mérida para hacer en un par de horas lo que en el DF sería un proceso infernal. Me explicó que el lugar al que debía llevarlo estaba junto al aeropuerto. Fui con él, lo esperé y tan pronto salió nos fuimos a desayunar unos tacos de cochinita y torta de lechón.

Volvió al año siguiente. Me contó que le tocaba nuevamente la revisión médica, le dije que podía llevarlo, y quedé en pasar por él temprano en la mañana. Estábamos en el norte de la ciudad y cuando se subió al coche le dije: «Conozco un atajo, así que llegaremos rápido».

Mi vía rápida, en realidad, no era un atajo, sino el anillo periférico. Tomé camino por ahí rumbo al aeropuerto, íbamos cantando alguna trova cubana cuando en una de esas miró el reloj y seriecito me dijo:

—Oye Addy María, este tu pinche atajo no tiene nada de atajo.

—Ya casi llegamos al aeropuerto —respondí muy segura.

Era verdad, ya casi estábamos en el aeropuerto. Entonces vino el grito…

—Nooooooooooo… no es en el aeropuertoooooooooo… es en un laboratorio que está por Chichí Suáreeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeez…

Lo solucioné fácil pues nada más debía tomar el mismo camino por el que veníamos, pero a la inversa (y con un poco más de velocidad). En el primer retorno que apareció, di vuelta.

Cuando el Capitán Basterra me dijo que le harían la revisión médica y me ofrecí a llevarlo, me pareció lógico que fuera en el mismo lugar que el año anterior… mientras que él dio por hecho que yo sabría que le habían dado la alternativa de un lugar más cercano. Qué se me iba a ocurrir que a un costado de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes había un lugar donde le harían el chequeo.

Por un rato dejamos de cantar. Me imagino que él se habrá puesto a pensar, como yo, en lo que había pasado. Entonces le dije:

—Por eso se divorcian las parejas.

Nos reímos y nos seguimos riendo cada vez que nos acordamos.

Y sí, estoy convencida de que por eso son casi todos (por no decir «todos») los problemas entre las personas. Los pleitos, los distanciamientos, los divorcios, todo por un malentendido, por algo que quedó cojeando en la conversación, por algo que no se dijo con claridad y a tiempo.

Al igual que lo que ocurrió con Abril, el Capitán tenía su verdad y yo la mía.

Cada quien tenía su razón, su certeza. Cada quien tiene su esquina y desde ahí nos movemos por la vida. Cuando alguien dice «Mac» una persona puede pensar en maquillaje y otra en una compu… cuando alguien dice platón alguien puede pensar en una ensaladera y otra en filosofía.

Esto es: Cuando dos personas piensan que están hablando de lo mismo o que entienden lo mismo en torno a algo, no necesariamente es lo mismo. Valga la redundancia.

Uno interpreta la vida según como la ve, como la vive y como la entiende.

Uno interpreta la vida desde su esquina.

1 de septiembre de 2008

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