Viajes, migraciones y nostalgias
Escultura de Bruno Catalono. De la serie «Los viajeros».
Para Pachi y sus papás.
I
Pachi aún no ha cumplido un año de edad y ya ha estado en tres países distintos. Nació en España y es hijo de padre colombiano y madre mexicana. A él le gusta bailar; a ella le gusta leer. Y viceversa. Ambos se atreven a crecer y desafiar lo que otros temen. Jóvenes y valientes, amigos entrañables que quiero y echo de menos todos los días, como si se hubieran ido ayer.
Me pregunto qué conversaré con Pachi cuando podamos platicar. Sus ideas, su realidad e imaginación están conformadas por diversidad. Lo digo con certeza porque conozco a sus padres y porque sé lo que pueden ofrecerle en enseñanzas y experiencias, pero también porque son peregrinos de cosas buenas. Dos personas que a millas de su mundo de confort se conocieron, se hicieron amigos y se quisieron; se abrazaron, se enamoraron y decidieron unir sus diferencias y culturas. Es una pareja con un hijo pequeño, cada quien con equipaje para migrar a otra tierra. Y recomenzar.
II
Las entradas te marcan. Eso aprendí una noche en la que se hablaba de viajes, migraciones y nostalgias. «Las entradas te marcan» fueron cuatro palabras que recordé varias veces durante los años que pasé en Argentina.
Entré a Buenos Aires con una maleta gigante, llevando equipaje muy pesado. Yo sola no podía con él. Aunque la patria, el amor, la familia y la añoranza no se empacan, aquello pesaba como si todo lo anterior ahí se resguardara. Cuando el momento de regresar definitivamente a México llegó, había aprendido a viajar ligera. Y así volví… pero llena de todo lo que las personas que quise y conocí me dieron. Eso es exactamente lo que menciona Rosa Beltrán al referirse a los aeropuertos «Siempre se dan cuenta de lo que traigo. En cambio, nunca son capaces de ver lo que me llevo».
III
Un hombre sostiene una maleta con la mano izquierda. Está en marcha, dando un paso al frente, detenido en bronce para siempre. Por la ubicación que tiene la escultura a la que me refiero, pareciera que el mar y cielo de Francia han borrado su cuerpo. Esta obra, forjada en bronce por Bruno Catalono (Francia, 1960) como parte de la serie «Les Voyageurs», nos hace parpadear como quien se aclara la vista, a modo de quien ajusta el lente de una cámara fotográfica. Lo que uno encuentra en la escultura, por paradójico que se lea, es lo que no está: el arte de la ausencia donde lo que nos admira y sorprende es la carencia.
«Los Viajeros» de Catalono lucen incompletos, parecen devorados por algo, como si un hachazo invisible hubiera eliminado parte del torso, desconectándolos de sí mismos. Lo interesante es el objeto que cumple la función de nexo para el bulto escultórico: una maleta.
Estos seres de metal tienen un aire de migrantes o exiliados, personas que al dejar atrás una parte de sí mismos van tomando la forma del lugar por donde pasan. Gente de viento, gente de agua, gente que se adapta, camaleones del tiempo y de las circunstancias. Gente llevándose a sí misma, gente llevando —tal vez— lo único que tiene: un cuerpo para reinventar, un hijo, un sombrero, una pareja, una guitarra, personas que van reconfigurándose a pedazos, obras de arte y vida hechas paso a paso.
Por eso, la primera vez que vi las esculturas de Bruno Catalono, me vi a mí misma aferrada a las asas de mis valijas, tal como ahora imagino a Pachi con sus papás, viajando de un continente a otro, solos con su amor y sus maletas, viajeros migrando al porvenir, con las esperanzas puestas en todas las promesas que están por vivir.
26 de octubre de 2013
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