Tres como Flans

En mi familia los cinturones no eran para azotes: eran para cantar. Las hebillas la hacían de micrófonos y todo lo demás era el cableado… éramos niñas, éramos tres y éramos Flans… corre corre por el boulevard uuuuuu corre corre corre sin mirar atrás uuuuuu…

Mis hermanas y yo nacimos en los 80’s en una ciudad con mar y con pocos años de diferencia. Y de verdad: éramos Flans, con copete y todo. Hay videos nuestros de ese entonces en Chelem —tuvimos una infancia feliz en esa playa— donde improvisamos coreografías desatinadas. Teníamos esa edad donde el cuerpo de las niñas todavía no coordina bien los movimientos. Para entonces Tere, mi hermana menor, aún no hablaba, aunque daba brincos encaminados a la danza. 

¿Cuál será mi primer recuerdo? ¿cómo encontrarlo en todo el collage de memorias? ¿a dónde se va todo lo que vemos y vivimos en la infancia? ¿habrá una caja extraviada en algún lugar, un baulcito mágico que un día nos pueda ser entregado con todos esos momentos? Las fotografías son un mapa que a veces sirve de ayuda para señalarnos la historia de un pasado, sirven de recuerdos.

¿Qué recordaría si no tuviera imágenes de cuando era niña? ¿qué recuerda quien no tiene fotos? Y los relatos que nos hace la familia, ¿ayudan o confunden? ¿qué tanto nos «creamos» recuerdos y que tanto realmente «recordamos»? 
 
En diciembre del 2008, Tere se embarcó en la tarea de rescatar algunos videos, filmaciones que mi padre hacía cuando éramos niñas, cuando éramos tres, cuando éramos Flans. Los pasó a DVD y verlos fue un desafío al tiempo, a los años, a la memoria. En uno de ellos estaba mi abuela Mosín en su hamaca, con su voz megáfono, con casi treinta años menos a la edad que tenía cuando murió; la voz la tenía igualita.

Hay un video de 1986. Sé que es ese año —o después— porque Lichi, Tere y yo estamos en el camino de arena frente a nuestra casa de playa cantando y bailando Chiquitibum a la bim-bom-bao, a la bio, a la bao, a la bim-bom-bao, México, México, ¡rra, rra, rra!... Éramos niñas, éramos tres y siempre nos ha gustado bailar.  

Lucíamos poca ropa y pocos años en ese video donde salimos bailando chiquitibum. ¿Bailando? Más bien zangoloteándonos. Queríamos mover los hombros, pero movíamos todo, como esos títeres llevados por hilos cuya cruceta manda una danza desacompasada. Todo esto tratando de imitar lo que veíamos en la tele ante el furor provocado por el mundial de futbol… ¡México 86, México 86!, cantábamos todos, y ahí estaba la chiquitibum con la playerita de cerveza Carta Blanca, cortada a media panza.

Vivimos unos ochenta felices.

Veo fotos de mi padre en ese tiempo y es guapo, está en traje de baño caminando rumbo al mar, esbelto, fuerte, sanísimo, alegre como es desde mi primer recuerdo. Mi madre, mujer bonita de piel clara, ataviada con lentes de armazón enooooorme, ochenteros, el cabello corto como lo ha tenido desde que tengo uso de razón. Tiene puestos unos shorts que le dejan libres las rodillas, está sentada en una silla grande de mimbre, el respaldo sobresale por detrás de ella, mueble grande como si fuera un trono (¿o era un trono?) y ella está ahí con las piernas cruzadas, juvenil, todavía sin haber sido madre, con su sonrisa y la mirada diáfana. 
 
Entre los videos que rescató mi hermana hay uno en especial que desde que lo vi se me ha convertido en amuleto familiar. A veces para bien y a veces para mal, cuando una es niña no ve cosas que ocurren a su alrededor. Lo que vi en ese video prueba lo anterior, porque ni mis hermanas ni yo, que aparecemos en el cuadro de la película, nos damos cuenta de lo que pasa.  

Mientras fantaseamos en la arquitectura de un país lejano, donde torres y castillos emergen de los cubitos que usamos para moldear la arena, mi papá ha dejado en el tripie la cámara fija. Se echa a correr hacia mi madre, sentada en la arena viéndonos jugar. Llega hasta ella y, como en las películas —pero de veras, como en las películas— se le tira encima y la besa. Se quedan tumbados en la arena. Con la distancia de la cámara se medio distinguen los besos y risas de ambos… no se oye nada, sólo el sonido del viento registrándose en la grabación, brisa con prisa por el larguísimo y aconchado corredor que era la orilla de ese mar. ¿Cuántos años tendrían entonces mis papás? ¿treinta y tres años? ¿treinta y cinco? ¡Qué juventud! ¡Y la nuestra qué inocencia! 
 
Mientras ellos estaban en lo suyo, contentos por su libertad y no creo equivocarme al decir felices de estar juntos, mis hermanas y yo estábamos en lo nuestro haciendo túneles en la arena hasta llegar al agua. Veintitantos años después mis hermanas y yo vimos ese momento. 
 
¿Cómo no haber amado nuestros 80’s si tuvimos una infancia feliz y llena de besos entre mis padres, besos para nosotros? Una década, además, llena de música y canciones, llena de tardes en parques, columpios, balancines y jardines donde correr. 

Éramos niñas, éramos tres y éramos Flans… Tíiiimido, ti-tiiiimido

La otra noche vi con ojos de nostalgia una foto que tengo pegada en la puerta del clóset, enfrente de mi cama. En la fotografía estoy con mis hermanas sentada sobre un chacmol en Chichén Itzá. La imagen es una ternura. Las tres estamos con el pelito suelto y el mismo corte, el mismo fleco; Lichi y yo tenemos puesta una blusa igual pero en distinto color —ella amarilla, yo morada— con el dibujito estampado de los pitufos. Tere tiene una blusita blanca de Topogigo.

Antes de ver la foto estaba contenta. Había concluido un trabajo editorial y me sentía satisfecha. Pero al pasar frente al rectangulito de papel y ver ese instante que mi padre detuvo en el tiempo, sentí una tristeza alegre, una alegría triste, vi a mis hermanas que entonces eran hermanitas. Estamos abrazadas. Lichi, al medio, nos abraza a las dos por la espalda, su bracito izquierdo sobre el hombro de Tere, su bracito derecho sobre el mío. Frágiles, tres, chiquitas. Riéndonos. Con nuestros padres mirándonos. Estamos ahí en ese fragmentito de infancia y fue como si un volquete me echara encima su pesado cargamento, sentí el peso de la geografía y la distancia: extraño a mis papás y a mis hermanas… ¿quién me ofrece una solución, cantaba Flans y cantábamos nosotras cuando éramos niñas, cuando éramos tres… para arreglar mi situación?...

Y ahora canto yo para alegrarme el corazón, apretando en el puño un cinturón imaginado.

19 de agosto de 2009

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